En la línea temática de este hilo, me parece interesantísima la acción emprendida por el inefable Jorge Lanata, con el patrocinio del dr. Félix Loñ. Precisamente el otro día me los crucé al salir del palacio de Tribunales, y me preguntaba a qué se debería su presencia, sin la habitual parafernalia de los acontecimientos periodísticos. La respuesta la tuve el domingo por la noche, cuando sintonicé el canal 13 para ver su programa "Periodismo para Todos": como le denegaron la compra de divisas, inició esa acción de amparo que todos los abogados tenemos en mente, pero que con nuestros bastantes años de argentinidad no alentamos, sabedores del mal destino que acecha a estos recursos cuando resultan ser políticamente incorrectos.
El periodista Lanata ha sido talentosamente ingenioso: sin ser un hombre de leyes, ha percibido la importancia de explotar el hecho de que las causas judiciales, -con la excepción de ciertas cuestiones íntimas o de familia que ameriten la reserva-, son PÚBLICAS. Y son públicas por la siguiente ratio legis: porque a la sociedad le interesa la transparencia del quehacer judicial. Claro que a las estructuras administrativas esa transparencia no les apetece: también los muchos años nos han enseñado cuánto aprecian el anonimato y el sigilo en sus intervenciones. Sin embargo, los expedientes judiciales son de acceso público, como bien saben los estudiantes de Derecho a los que ocasionalmente invitamos a que compulsen algunos de nuestros expedientes, como parte de su formación de pregrado.
Pero hay un escalón más en la publicidad de las actuaciones judiciales: la publicación material de los expedientes. Probablemente los jóvenes abogados no la hayan vivido, y por eso se la cuento. Décadas atrás, cuando no existían las páginas de Internet, ni los blogs, ni la televisión para ser invitado a algún programa o almuerzo como lugares para dar a conocer los propios desempeños, algunos estudios jurídicos acostumbraban publicar a sus expensas separatas –algunas de ellas verdaderos libros- reproduciendo todo un expediente, de esos que correspondían a sonadas cuestiones tribunalicias de la época. Yo he tenido algunos de ellos en mis manos, y hoy lamento mucho haberlos descartado en una de mis mudanzas, ya que son prácticamente inhallables; la tirada de esas ediciones era de pocas decenas de ejemplares, y la mayoría, tras circular años en librerías de viejo, terminaron en las bolsas de los ropavejeros para pulpa de papel (ya que por entonces no existían aún los “cartoneros”).
Pero hoy el “cuarto poder” dispone de un medio capaz de difundir esos expedientes, democratizando y republicanizando cosas que los otros poderes preferirían mantener en un prudente cono de sombra. A mí, -y presupongo que también a Ustedes- me encantará saber qué brillantes argumentos esgrimirán las oficinas demandadas en el amparo, y extasiarme ante su asombrosa erudición e ingeniosos argumentos defensivos. Y ni qué hablar de lo que me gustará ver en acción la decisión final que sobre esta acción pueda recaer.
Mientras tanto, permítanme que lance un clamoroso saludo, el mismo que por pudorosa modestia me abstuve de lanzar al voluminoso paso del conocido periodista: ¡LANATA, ÍDOLO…!